Coches que van por el aire: ciencia ficción… ¿o no?

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El 21 de octubre de 2015, treinta años después del estreno de Regreso al futuro, se cumplía por fin la fecha en la que Martin McFly llegaba a lo que se ha convertido hoy en nuestro presente. A lo largo de la historia del cine, muchos directores se sintieron especialmente cautivados por la creación de coches voladores en sus películas de ciencia ficción: Back to the Future, Blade Runner, El Quinto Elemento… Durante nuestros años más jóvenes enfrente del televisor, todos nos hemos preguntado: ¿cómo sería la normativa de Tráfico si los coches volasen?, ¿habría asientos especiales para niños o seguirían contando con sistemas de retención infantil?, ¿se conducirían solos?

Allá por la década de los setenta, ochenta y principio de los noventa, el año 2000 pintaba como un antes y un después para el curso de la humanidad y las nuevas tecnologías. Era fácil imaginar que para entonces en nuestros cielos volarían vehículos y patinetes autopropulsados. El enigma del funcionamiento de los coches voladores sigue sin ser resuelto. No obstante, el cambio de milenio y sus años posteriores han venido acompañados de increíbles descubrimientos científicos. Por ejemplo, la reciente publicación de la NASA en septiembre de 2015 de pruebas que confirman la existencia de agua en Marte. Si Marte tiene agua, potencialmente tendrá vida. Aparentemente, podríamos estar plantando fresas en el planeta rojo antes que ver un coche volar en la Tierra.

La tecnología ha avanzado de manera que facilita la creación de una red de vehículos voladores: combustible de mejor calidad, materiales más ligeros, diseños más aerodinámicos, ingeniería eficiente… Pero a pesar de todas las posibilidades tecnológicas, las limitaciones económicas son el principal enemigo de los coches voladores del futuro.

Considerando cómo funcionan los aviones y su necesidad de amplios espacios para despegar y aterrizar, ¿qué espacios utilizarían los vehículos voladores? Además de la infraestructura adecuada con su correspondiente control aéreo, también surge la necesidad de crear o asignar carreteras o espacios en los que se pueda despegar y aterrizar. Hasta que no haya un número suficiente de vehículos voladores que necesiten su espacio, los espacios no serán creados, y para que este número de vehículos voladores aumente, deben existir espacios asignados para su utilización. Y aquí tenemos el pez que se muerde la cola, o el famoso fenómeno “catch 22”.

En Madrid, por ejemplo, cada día circulan dos millones y medio de coches, ¿os imagináis esta cantidad de tráfico aéreo? ¿Y la transformación radical que la infraestructura de la ciudad debería sufrir? Hemos llegado a tal nivel de desarrollo del sector automovilístico y el transporte, que la creación de vehículos voladores supondría la destrucción masiva de estos avances. Los vehículos voladores seguirán existiendo tan solo en nuestra imaginación.




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